viernes, 29 de julio de 2016

DESPLAZAMIENTO ALEMANES DE CHECOSLOVAQUIA POR EXPULSIÓN Y LEYES DISCRIMINATORIAS (1)

Historia de la expulsión

Para mayo de 1945, el Ejército Rojo soviético había derrotado a Eslovaquia y a los checos, al mismo tiempo que al Tercer Reich. Un régimen de negación de la soberanía, de purgas, ejecuciones y censura política reemplazaba a otro, al paso que la reunificada Checoslovaquia era prestamente absorbida en la órbita comunista del Pacto de Varsovia. Al volver del exilio, el presidente Edvard Beneš encontró una nación quebrada, enfurecida de odio étnico contra la población germana, sin tener en cuenta sus convicciones políticas o sus opiniones en cuanto al nazismo o el chauvinismo nazi anti-eslavo. A muchas personas checas les caía mal la cultura, el origen étnico e incluso el sonido del idioma alemán (Wheeler). 

Más de 250.000 civiles habían muerto en Checoslovaquia, durante la guerra, debido a ejecuciones, encarcelamientos o en campos de tránsito como Theresienstadt y fuera del país en Polonia (Burleigh 2001, 416). Unas 300.000 personas checas y judías fueron deportadas a campos de concentración (Wheeler). En la comprensible histeria anti-alemana que siguió, el gobierno checoslovaco ponía de relieve que “la nación sobrevive solo porque confía en poder vengarse” (Glassheim 2000, 471). En una arrasadora generalización que erróneamente tachaba a todas las personas de etnia germana como inherentemente guerreristas, pro-fascistas y anti-checas, los checoslovacos lucubraron un plan para destruir por completo a la comunidad minoritaria germana de mil años de arraigo por la simple razón de su ascendencia étnica, con lo que efectivamente expurgaron a más del 28,8 por ciento de la población nacional, en el plazo de unos pocos años. 

El presidente Beneš exigía que “la cuestión germana en nuestra república tiene que ser liquidada”, recomendando que la población checa “espere pacientemente ... para limpiar la republica” (ibid). El gobierno checo expeditó la expulsión de la población germana, afirmando que 'la nación checa también necesita su Lebensraum [espacio vital]” que se logrará con “la salida o expulsión” de todas las personas germanas acusadas de colaboracionismo con los invasores (Glassheim 2000, 473-4). Aunque siguió insistiendo en que sería inapropiado matar o ejecutar a la población germana en masa, y que las personas antifascistas no serían afectadas, eventualmente la casi totalidad de la etnia germana fue desalojada y deportada a la Alemania ocupada por los Aliados, incluso quienes no habían mostrado simpatía alguna por los nazis y que se consideraban como ciudadanos militantes de Checoslovaquia. Este personaje alegaba que el castigo por 'traición' de que era culpable la poblacion germana sudetelandesa –la muerte-- sería más severa que la expulsión, aunque por lo menos 15.000 a 30.000 personas murieron durante las expulsiones.

Beneš, los nacionalistas y otros proponentes del programa de expulsión enmarcaron esta eliminación de la minoría 'criminal' germana y húngara en el contexto de la necesidad de expurgar el ahora liberado Estado checoslovaco de influencias extranjeras imperiales, que se remontaban incluso al aplastamiento en 1620 de la independencia checa por los Habsburgo alemanes en el Monte Blanco, durante la guerra de los Treinta Años. El presidente hizo un anuncio público: “Que nuestro lema sea: desgermanizar definitivamente a nuestra patria, cultural, económica y políticamente”. Otras publicaciones alimentaron el intenso odio interétnico, producto de siglos de tensión cultural y de la brutal ocupación alemana, tachando a la población germana en su conjunto de peligro parasitario para el Estado libre de Checoslovaquia. Periódicos como el Novo Slovo publicaron el 18 de agosto de 1945 que “el germano no tiene alma, y el idioma que mejor comprende –según [el influyente nacionalista] Jan Masaryk-- es el tableteo de una ametralladora”. Otros políticos extrovertidos, como el dirigente del Partido Nacional Socialista, decían que el propósito de todos los checos debe ser “limpiar la república, en su conjunto y completamente, de germanos ... cada uno de nosotros debe contribuir a la limpieza de nuestra patria” (Naimark 2001, 115).

En 1945, cuando empezaron las expulsiones, había 3.295.000 civiles de etnia germana en Checoslovaquia (Sudetendeutsche Landsmannschaft). En esta estadística se incluían 147.501 personas de los Cárpatos en Eslovaquia (Carpatian German Homepage). Solo unos pocos meses después de la caída del Tercer Reich, en mayo de 1945, se tomó la decisión final de expulsar a toda la población germana, menos 800.000 personas (Burleigh 2001, 799). La población germana que quedara sería utilizada de mano de obra (primordialmente voluntaria) para abastecer el proceso de reconstrucción. Decenas de miles de personas de etnia húngara también serían expulsadas por la simple razón del antiguo conflicto étnico con los eslovacos, y porque su nación había sido un estrecho aliado del Tercer Reich. Las personas exceptuadas de ser expulsadas no estaban autorizadas para irse, a fin de que quedara suficiente mano de obra en el mercado laboral de la Checoslovaquia destrozada por la guerra. Eventualmente, la mayoría de las 800.000 personas exceptuadas también fueron expulsadas o desplazadas junto con las otras cuyo número excedía de 2.000.000. 

Para hacer más expedita la expulsión de la minoría germana, el presidente Beneš había codificado los así llamados Decretos Beneš, parámetros legales de Checoslovaquia que permitían a los soldados y ciudadanos particulares expulsar a ciudadanos de etnia germana, confiscar toda su propiedad sin compensación, e incluso valerse de la violencia física cuando fuere necesario, sin proceso legal o penal. Estas leyes todavía existen en la actual República Checa, aunque de ninguna manera se aplican. Si bien el gobierno checo y los nacionalistas checos insisten hoy día en que las expulsiones y toda muerte subsecuente constituyeron simplemente el merecido castigo a una población en alto grado pro-nazi como retribución por la brutal truculencia de Alemania en la Checoslovaquia ocupada, no pudiendo compararse con las atrocidades nazis, dichas expulsiones checas expurgaron incluso a personas de etnia germana con convicciones de extrema izquierda y socialistas por la simple razón de su identidad cultural. El gobierno británico alentó a las autoridades checoslovacas a que hicieran caso omiso de las posiciones políticas de la población germana y la expulsaran en su totalidad, ya que hacía falta una solución drástica para mitigar lo que se percibía como belicosidad germana generalizada (Burleigh 2001, 799). Las personas antifascistas que no habían cometido traición también serían expulsadas.

Desde 1945 hasta 1950, la campaña de expulsión, bajo conducción militar y gubernamental, redujo la población de etnia germana en Checoslovaquia de 3.295.000 (28,8 por ciento de la población nacional) a solamente 159.900 (1,8 por ciento) (Eberhardt 2003, 150). Esto representa una merma total del 95 por ciento en la minoría germana de Checoslovaquia. La comunidad germana de los Cárpatos en Eslovaquia se redujo de 147.501 a 5.200, lo que dejó solo un 0,1 por ciento en 1950. Más de 1 millón 300 mil personas fueron despachadas a la zona de ocupación estadounidense en Alemania en la fase inicial, y 800.000 a la zona soviética, donde este último grupo sufrió una severa purga y la expulsión, como fue el caso de personas gemano-volguenses y germano-prusianas (Radio Praha #2). Más de 500.000 personas de etnia germana fueron expulsadas solamente de la región checa de Silesia sobre la frontera con Polonia, siendo llevadas a punta de pistola hasta la frontera alemana en Sajonia (ibid, 148). Sudetenlandia, comunidad germana durante más de 500 años, fue completamente despoblada y repoblada por familias checas y eslovacas. En febrero de 1945 (antes del final de la guerra), había 868.000 checos y eslovacos en la zona de frontera. Para diciembre del mismo año (después de la guerra) había más de 1.731.000 eslavos, y en mayo de 1947 había 2.230.000; en otras palabras, del 80 por ciento de población germana antes de la guerra al 90 por ciento eslava después de las expulsiones (ibid, 150). Unas 2 millones y medio de personas checas se afincaron en zonas donde se desalojó a la fuerza a las familias germanas (Radio Praha #3).

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