domingo, 10 de julio de 2016

HERNÁN DOBRY, PERIODISTA ARGENTINO ES DE LOS MUY POCOS QUE SABEN DE HISTORIA

La ayuda de Perú en el conflicto fue generosa y poco reconocida en Argentina (C) Hernán Dobry

En 1982, el entonces presidente peruano, Fernando Belaúnde Terry, decidió ayudar con determinación a la Argentina en la guerra con Gran Bretaña. Su gobierno no dudó en enviar armamentos y oficiales para entrenar en su uso a las tropas argentinas y permitió la triangulación para que también Israel hiciera llegar su apoyo. Protagonistas directos revelan los detalles de esas operaciones secretas. Aviones de Aerolíneas Argentinas también participaron de esos envíos.

La hermandad peruana a la Argentina durante la guerra de Malvinas alcanzó niveles pocas veces vistos en un enfrentamiento bélico en tiempos modernos. Sin embargo, es poco reconocida en el país e incluso fue olvidada por el gobierno de Carlos Menem cuando decidió venderle armas a Ecuador durante el conflicto que mantenían ambas naciones por la Cordillera del Cóndor, en 1995.

La colaboración surgió a pedido de la administración de Leopoldo Fortunato Galtieri, cuando envió al secretario general de la Presidencia, el general Héctor Iglesias, y al jefe de la casa militar, el contralmirante Roberto Moya, el 4 de mayo para que se entrevistaran con su colega Fernando Belaúnde Terry en Lima.

La reunión con el mandatario duró dos horas y allí le solicitaron apoyo para afrontar la guerra. “La visita fue con una lista de armamentos. Pedían de todo: submarinos, barcos de superficie, aviones Sukhoi, el Mig, los Mirage”, recuerda el congresista Víctor García Belaunde, por entonces, secretario de la Presidencia del Perú.

Belaúnde Terry, quien estaba mediando en el conflicto, decidió estar al lado de Argentina, luego de que fracasara la última propuesta que le envió a Galtieri el 5 de mayo cerca de la medianoche y les ordenó a sus ministros que colaboraran en todo lo que fuera necesario.

“Todo eso fue hecho con el visto bueno de Belaúnde porque los militares no podían ni estaban autorizados a hacer nada si no contaban con su aprobación. Ellos sabían que tenían su respaldo total y estaban deseosos por colaborar”, recuerda el legislador.

En tanto, el teniente general José Zlatar Stambuk, por ese entonces comandante de Material de la Fuerza Aérea del Perú (FAP), destaca que “iniciada la invasión inglesa y reunidos los miembros del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), al conocerse la decisión de cuatro países americanos que no confirmaron la aplicación del Tratado, el gobierno peruano dispuso se preste apoyo incondicional en forma unilateral”.

Así, el 6 de mayo arribó a la base aérea de El Palomar un Lockheed L-100 de la FAP cargado con munición, cohetes, misiles y bombas, entre ellos 120 lanzadores portátiles tierra-aire SA-7 Grail/Strela-2. Junto con esto arribaron dos oficiales que viajarían a Malvinas y un tercero a Comodoro Rivadavia para adiestrar a sus pares argentinos en el uso de estos equipamientos.

Enterada de esto, la Fuerza Aérea envió a su jefe de Estado Mayor General, el brigadier mayor Juan García, a Lima en una misión secreta al día siguiente con otra solicitud de armamentos diferente a la que habían llevado Iglesias y Moya.


Allí, se reunió con el comandante de la FAP, el teniente general Hernán Boluarte Ponce de León y veinticinco oficiales de alto rango donde les explicó lo que estaba pasando en la guerra y les pidió ayuda, especialmente aviones de transporte y tanques suplementarios de combustible.

“Se analizó qué eran las cosas que se podían dar, porque el Perú no podía quedarse desguarnecido y los MiG eran soviéticos, de una tecnología diferente, por lo que requerían una especialización, pilotos diferentes, y no podrían ser usados rápidamente por los argentinos”, afirma García Belaunde.

Los Mirage V. La decisión fue venderles en 50 millones de dólares diez cazabombarderos Mirage V junto con sus armamentos, que fueron acondicionados y pintados con las insignias argentinas en una base cerca de Lima, pero recién llegaron al país el 4 de junio piloteados por oficiales peruanos junto con un L-100 que llevaba bombas, misiles AS-30, repuestos y quince técnicos, mecánicos y un grupo de militares.

Antes de esto, el 14 de mayo por la noche, había partido desde la base de Pisco otro Hércules rumbo a Buenos Aires cargado con más insumos bélicos. “Me subí al avión con la tripulación, decolé rumbo a una base aérea al norte de Lima en la que cargué pertrechos y, luego, fui a otra donde hicieron lo mismo y me dijeron que debía volar a El Palomar –afirma el general Raúl Dueñas Rospigliosi, uno de los pilotos–. La ruta fue sobre Bolivia pero sin comunicar nada a nadie. Era una operación totalmente secreta. Llegué a las 10 de la mañana del 15 de mayo llevando unas 23 toneladas de munición, cohetes, misiles, bombas”.

Por si fuera poco. Pero el gobierno de Belaúnde Terry también se comprometió a triangular armas israelíes para la Argentina, al punto de que les ofreció firmar órdenes de compra y certificados de destino final en blanco para que las completaran con lo que necesitaban.

“El Perú se prestó a cualquier tipo de triangulación y firmó órdenes en blanco. Cada una era diferente y las firmaba el ministro de cada arma”, detalla García Belaunde.

En tanto, Zlatar Stambuk resalta que “la Comandancia General de la Fuerza Aérea del Perú dispuso que el Comando de Material, en su organización, creara un departamento especial para atender asuntos relacionados con atención a pedidos de material, en coordinación con el agregado aéreo argentino, con el fin de adquirirlo a nombre de la Fuerza Aérea Peruana, para evitar el bloqueo de los países amigos del gobierno inglés”.

Gracias a esto pudieron comprarse misiles aire-aire Shafrir, tanques suplementarios de combustible, cazabombarderos Mirage IIIC, máscaras antigás y repuestos. Incluso, la FAP envió dos de sus Douglas DC-8 para buscar estos equipamientos en Tel Aviv y llevarlos a Lima.

Toda esta ayuda era secreta, sin embargo, los servicios de inteligencia británicos estaban al tanto de todas las operaciones, lo que les valió un enfriamiento en su vínculo con Londres que perduró durante décadas.

“Recibíamos muchas presiones de Inglaterra. Luego, la relación fue cordial, pero fría, y nos prohibieron tener un agregado militar, aéreo o naval durante veinticinco años a consecuencia de lo de Malvinas. No se han comprado armamentos a Gran Bretaña en treinta años”, resalta García Belaúnde.

Fue un precio muy alto el que pagó Lima para que, luego, Menem le vendiera armas a Ecuador cuando estaba en guerra con el Perú, una herida que aún permanece abierta en ciertos ámbitos políticos y militares.

“Fue una frustración tremenda y muy decepcionante –concluye el legislador–. Eso hizo que se creara en la sociedad peruana, que estaba siempre en favor de la Argentina en el caso de las Malvinas, un pequeño sector que conserva ese resentimiento, una herida abierta, y que se opone a cualquier tipo de actitud que se pueda tomar en caso de que volviera a repetirse otra guerra.”


Los vuelos de Aerolíneas Argentinas

Las armas peruanas y las compradas a Israel a través de Lima llegaron al país en siete vuelos de la FAP y la Fuerza Aérea Argentina. Pero hubo dos más, realizados en Boeing 707 por pilotos civiles voluntarios de Aerolíneas Argentinas, que transportaron tanques suplementarios de combustible llegados desde Tel Aviv e imprescindibles para que los cazas pudieran seguir atacando a la flota británica. 

“Me llamaron de un momento para el otro sin saber a dónde iba. Fueron cuatro horas de vuelo y estuvimos allá toda la noche porque era muy lenta la carga de los aviones. No dormimos nada por la adrenalina y porque no sabíamos si iban a demorar ocho horas o treinta minutos”, dice el comandante Jorge Minuzzi, uno de los pilotos. Su compañero, el comandante Rubén Cudicio, quien formó parte de la tripulación del otro avión, concuerda.

“No sabíamos a qué íbamos, sólo que debíamos buscar algo.” Apenas aterrizaron los llevaron a una parte alejada del aeropuerto junto al Jumbo de la empresa Cargolux, de Luxemburgo, que traía los equipamientos israelíes. En medio de la noche, el personal del aeropuerto transportó los tanques de reabastecimiento y otros armamentos. “Sabíamos que llevábamos tanques pero también un montón de cajas que no teníamos idea qué tenían” dice Cudicio y Minuzzi revela que su avión “venía cargado hasta el techo”. 

El 26 de mayo, ambos vuelos partieron hacia la Argentina y fueron recibidos por el vicecomodoro Andrés Antonietti en El Palomar, quien les pidió si podían seguir viaje hasta Tierra del Fuego. “Me dijo: ‘Sabemos que han estado toda la noche, pero si pedimos un cambio de tripulación van a pasar varias horas hasta juntarlos a todos’. ‘Cárgueme combustible y me voy’, le dije. En otras circunstancias, me hubieran matado por una cosa así”, explica Minuzzi.

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