sábado, 16 de julio de 2016

MACDONOGH, Giles: Después del Reich

En el siguiente artículo seguiremos insistiendo hasta la saciedad hasta que el mundo entero sepa la verdad. El por qué de la Segunda Guerra Mundial y quiénes fueron los genocidas. los asesinos que mataron a los alemanes en tiempos de paz. Algunos historiadores, periodistas y otros opinan:

Traducción de Jose Luis Gil Aristu. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores: Barcelona 2010. 975 pp. El historiador y periodista inglés MacDonough (Londres, 1955) pone al descubierto con su nueva creación los sufrimientos y las verdades más incómodas y estremecedoras que sobrevinieron no sólo a la población civil alemana por parte de las fuerzas de ocupación aliadas (rusos, norteamericanos, británicos y franceses) en el período de la cruel y vengativa posguerra en Alemania, al finalizar en 1945 la Segunda Guerra Mundial, sino también el amargo viaje hacia la reconstrucción de un país derrotado y en ruinas. 

Por primera vez y transcurridos 65 años, alguien se ha preocupado de ahondar cuidadosamente y de hacer pública la represión y el abuso practicados por los aliados contra sujetos sobrevivientes después de la caída del III Reich; además se desvelan testimonios personales, estrictamente documentados, de una época dolorosa en la historia de Europa, desde la inmediata posguerra hasta la Conferencia de Postdam y los procesos judiciales de

Núremberg, en el que ninguna de las partes aludidas, Aliados y alemanes, nunca han querido profundizar, amparados en “el espeso manto del silencio”. La trayectoria de este autor, de formación multidisciplinar, se caracteriza por sus colaboraciones en importantes publicaciones como Financial Times, The Guardian, The Times, Financial Times Deutschland, entre otras, así ha escrito más de una docena de libros siendo el epicentro temático y su gran especialidad la Segunda Guerra Mundial; destacan títulos como A Good German: Adam von Trott zu Solz (Un buen alemán: Adam von Trott zu Solz), Prussia: The Pervesion of an Idea (Prusia: la perversión de una idea), Berlin (Berlín), Federico, el Grande: una vida en hechos y letras, The Last Kaiser: William the Impetuous (El último emperador: Guillermo, el Impetuoso). 

La obra se presenta de forma muy atractiva, con una encuadernación cuidada hasta el último detalle, la foto de sobrecubierta muestra en un segundo plano un Berlín en ruinas, con la puerta de Brandenburgo deteriorada por los ataques de los Aliados, en primer plano aparecen mujeres, madres, niños, en edad infantil principalmente, regresando a la ciudad bombardeada; del mismo modo en el interior del libro el lector encuentra una guía como marcador de la lectura. Conviene reseñar la existencia de treinta fotografías, distribuidas en dos bloques, procedentes de: Herder-Institut (Marburg), Sudetendeutsches Archiv (München), Oberhausmuseum (Passau), Dennis Sewell, Bob McCreery, Tony Vaccaro, preboste y miembros de la comunidad universitaria de la Universidad de Eaton, Joseph Schöner, de colecciones particulares y del propio autor. 

 Este ensayo se divide en cuatro partes claramente diferenciadas, a las que anteceden un prefacio (pp. 11 a 18), cronología (pp. 19 a 21), mapa de Europa central en 1945 (pp. 22 a 23) e introducción (pp. 25 a 54), y suceden conclusiones (pp. 809 a 816), un extenso apartado de notas (pp. 819 a 907), que reflejan la inmensa labor documental, bibliografía complementaria (pp. 911 a 914), siglas y abreviaturas (pp. 917 a 920), índice de ilustraciones (pp. 923 a 924) en el que se aporta una breve aclaración de las mismas, y un índice onomástico y temático (pp. 927 a 975). 

El autor expresa su propósito cuando dice: Este libro no pretende excusar a los alemanes, pero no duda en poner en evidencia a los Aliados victoriosos por el modo en que trataron al enemigo en tiempos de paz, pues en la mayoría de los casos no se violó, mató de hambre, torturó o apaleó hasta la muerte a los criminales, sino a mujeres, niños y ancianos. Lo que documento y, a veces, cuestiono aquí es cómo algunos comandantes militares e, incluso, ministros de gobiernos permitieron a mucha gente tomar venganza; y el hecho de que, en muchas ocasiones, al ejercer su venganza, esa gente no mató a los culpables sino a inocentes. 

Los verdaderos asesinos murieron con demasiada frecuencia en la cama” (p. 14, prefacio). Así, la imposición de la idea de la culpa colectiva aplicada por los aliados resultó útil, por un lado, para privar a la población civil de sus derechos y de la soberanía nacional, pues al asumir la culpa se podía castigar y todo estaba justificado; del otro, afectó a mujeres, ancianos y niños, incluidos los recién nacidos, y justificaba la masacre o el matar de hambre. Iliá Ehrenburg, propagandista ruso, alentaba al Ejército Rojo a no salvar “al niño en el vientre de su madre”, declaración que se fundamentaba por el mero hecho de que eran alemanes y, por tanto, potenciales nazis. En mayo de 1945 el nacionalsocialismo prácticamente agonizaba, el resultado de la guerra para liberar al país de esta lacra se tradujo en las siguientes cifras oficiales.

Tres millones de soldados alemanes, junto a 1.800.00 civiles de la misma nacionalidad perdieron la vida, 3.600.000 hogares fueron destruidos, quedando sin techo 7.500.000 de personas; sin embargo estos números aumentarían de forma aritmética con la llegada de los libertadores, algunos de ellos cargados de odio, como era el caso de polacos, checos, rusos y franceses; así en 1946 nacieron 200.000 niños fruto de violaciones sistemáticas, “en una estimación a la baja, el número de berlinesas violadas se sitúa en veinte mil” (MacDonogh 2010: 163), realizadas por adolescentes militares de procedencia rusa, tanto a niñas, mujeres, ancianas (hasta de 84 años) y religiosas, dos millones fueron víctimas de enfermedades (venéreas como sífilis y gonorrea, tifus, hidropesía, raquitismo, atrofias por desnutrición, entre otras), el frío extremo, hambruna (racionamiento de 1054 calorías), suicidios o asesinatos en masa, 

250.000 alemanes fueron masacrados en los Sudetes por compatriotas checos y hechos similares tuvieron lugar en Polonia, Silesia y el este de Prusia, más de 16 millones de civiles fueron expulsados de sus hogares y 2.250.000 murieron en el transcurso de las expulsiones efectuadas desde el sur y el este, por la pugna del pastel: Alemania. Los temidos campos de concentración fueron reutilizados por los Aliados, junto con los de trabajo: los rusos, Auschwitz-Birkenau, Sachsenhausen y Buchenwald; los norteamericanos, Dachau y Ebensee; y los británicos, Bergen-Belsen. Los alemanes debían ser duramente castigados porque fueron los culpables de la guerra, lamenta MacDonogh. 

El traspaso de poderes, en palabras de Heinrich Böll, se manifestó de la siguiente manera (MacDonogh 2010: 27): “[…] sea cual sea el poder que suceda a este Estado […], será con mucha probabilidad igual de diabólico; el demonio es el dueño absoluto de este mundo, y un cambio de poderes constituye tan sólo un cambio de rango entre demonios; eso es lo que creo con certeza”6. La primera parte del ensayo objeto de recensión (pp. 57-257), denominada “El caos”, aporta testimonios documentados de lo sucedido en Austria, Prusia oriental, Pomerania, Silesia, Berlín, Turingia, Sajonia, Renania, Baviera, Holstein, Hannover, Turingia, Mecklenburgo, Berlín, Baden y Württenberg, territorios en los que la invasión del Ejército Rojo a fin de dar caza a los SS, se redujo a violaciones, sobre todo de las mujeres de la clase media, y cuya consecuencia inmediata y como salvación fue el suicidio, saqueo de tiendas de comestibles, de vinos, de joyerías, de hospitales, reducción de la ración diaria de comida de la población civil, y así hasta un incontable número de delitos, cometidos no sólo contra la población de las principales ciudades, sino también de los pueblos en toda su geografía. 

El espectáculo dantesco que hallaban en los campos de concentración, todavía “habitados”, aumentó de forma desproporcionada su violencia y sed de venganza; sin embargo la llegada tan esperada de los Aliados que supondría una mejora de la situación resultó ser una ilusión. La segunda parte (pp. 307-477), bajo el título “Las zonas de los aliados”, aborda la vida en las zonas soviéticas, estadounidense, británica y francesa, una vez Alemania fue dividida el 5 de junio de 1945, además de las zonas y sectores de Austria. El gran problema que sobrevino resultó ser la ubicación de la base industrial del país, distribuida por todo el territorio, y que provocó el distanciamiento entre los Aliados. 

Todos, sin excepción, desarmaron las empresas al objeto de instalarlas en sus países, tampoco se libraron las líneas ferroviarias ni el “secuestro” de científicos y trabajadores especializados. Los campos de concentración volvieron a ser “habitables” por la población civil, “Junker” (terratenientes) y por miembros y simpatizantes de la opresión nazi. Se dictaron órdenes, en la zona estadounidense y británica, prohibiendo confraternizar con los conquistados, de manera que no se podían celebrar matrimonios mixtos, servicios religiosos comunes, visitas a casas de alemanes, ni jugar, ni estrechar la mano, así como tampoco asistir a sus teatros, tabernas u hoteles. 

Si hay que destacar algo positivo fue el interés por la cultura y las artes promovidas en las distintas zonas, como el teatro, la ópera, el cine, la creación de periódicos, etc. En el capítulo III (pp. 509-679), titulado “La culpa”, se trata el conocido Fragebogen (cuestionario), como medida principal y de castigo para la desnazificación en la zona norteamericana, según el cual se cuantificaba el nacionalsocialismo y contribuía a la exclusión de antiguos nazis de los cargos públicos. 

Igualmente la población fue sometida a una terrible hambruna, rechazándose incluso las solicitudes de la Cruz Roja para aprovisionar las ciudades, esta situación favoreció el proclive del mercado negro, que trajo consigo el aumento de la delincuencia. La sustracción de obras de arte de museos, palacios y casas señorriales no escapó a ningún Aliado, destacándose a Napoleón Bonaparte como el mayor saqueador de todos los tiempos. Por último, la parte cuarta (pp. 706-773), “El camino a la libertad”, muestra el interés por los Aliados de buscar un futuro político y económico de Alemania, así como socavar el comunismo imperante en la zona soviética, idea que provocaría el cisma entre el Este y Oeste, seguida de la Guerra Fría y el Telón de Acero. 

Para concluir, se recomienda la lectura de esta obra tanto por la ingente y estricta información documental como en el afable estilo de redacción en que está redactada, sin que por ello ningún entendido en la materia pueda quedarse al margen de la historia sucedida en la posguerra alemana. Cierren este líneas unas palabras del mismo autor: “era necesario sacrificar la soberanía en aras de la seguridad colectiva” (MacDonough 2010: 813).

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