viernes, 12 de agosto de 2016

CONFINAMIENTO DE ALEMANES.......PARTE 3

Debido al propósito subyacente de los centros de reubicación y campos de confinamiento, la mayor parte de historiadores interpreta la ofensiva gubernamental contra nacionalidades enemigas como medidas de seguridad más bien que una discriminación racial sistemática contra minorías. El confinamiento ha de considerarse una estrategia temporal con el fin de aislar a las nacionalidades enemigas de lugares vulnerables e instalaciones militares, verificar la ‘americanidad’ de las personas confinadas e inducirlas a ser ciudadanos estadounidenses íntegros después de obtener la libertad. 

A ojos del gobierno estadounidense, la etnicidad japonesa, germana e italiana no ameritaba castigo o segregación, pero sí daba a entender que podían ser un peligro a la seguridad. Estigmas raciales, como los del gobierno ‘blanco’ contra minorías asiáticas, se podían dejar en suspenso tan pronto como se verificara la lealtad de las nacionalidades enemigas para con los Estados Unidos y se hubiera absuelto los cargos de espionaje. Tal fue el caso de la población italiana y japonesa después de su puesta en libertad en 1942 y 1945. 

Con todo, como observa la mayoría de docentes de historia, el gobierno de EEUU se basó en categorías étnicas a fin de determinar quién podría ser un peligro para la seguridad nacional. Sin categorías étnicas no se podría haber individualizado a las personas como nacionalidades enemigas y pasibles de ser excluidas. Por la dicha razón, es preciso analizar la manera como la erudición interpreta la incidencia del factor racial en inducir la política estadounidense de confinamiento.

El factor racismo, los estereotipos y la ‘alteridad’ étnica son temas presentes en la historiografía sobre confinamiento, en particular para el caso de la población japonesa. Ya que el gobierno de EEUU puso la mira tanto en extranjeros ilegales como en ciudadanos nativos, las publicaciones arguyen en general que las personas por recluir eran elegidas en función de categorías exclusivamente raciales o étnicas. A los ojos del gobierno, la persona de ascendencia japonesa era de nacionalidad japonesa, independientemente de que viviera en Perú, Tokio o San Francisco. 

En otras palabras, una persona de ascendencia germana, japonesa o italiana no podía zafar de su nacionalidad enemiga por más ciudadana que fuera. Debido al presunto nexo entre las personas y la nacionalidad con que nacieron, se las asociaba automáticamente con las actividades de su patria de origen. Es decir, las personas ítalo-estadounidenses, germano-estadounidenses y japonesas estadounidenses eran cómplices de la beligerancia de las potencias del Eje. La propia etnicidad determinaba quién era objeto de sospechas, más bien que las actividades personales, o imputaciones criminales o la afiliación política. 

Este factor permite explicar por qué el gobierno de EEUU usaba la locución ‘extranjero enemigo’ casi como sinónimo de ‘nacionalidad enemiga’. Aun cuando una persona de etnia nipona hubiera nacido en EEUU (y no era, por tanto, un extranjero), la nacionalidad de origen determinaba su situación de extranjera, antiestadounidense y peligrosa. Casi toda la comunidad historiográfica está de acuerdo en que la categorización racial y nacional coadyuvó a que se produjera el confinamiento.

Sin embargo, esto no quiere decir que los diferentes grupos humanos fueron erradicados por su raza. En caso de llegar a la conclusión de que el confinamiento fue consecuencia de racismo, surgen varios problemas. Si consideramos a los Estados Unidos como un país ‘blanco’ que perseguía a quienes no lo eran, como la población de raza asiática y africana –que es la postura de muchos historiadores-- ¿por qué entonces EEUU aplicó los mismos mecanismos de vigilancia, de listas negras, de discriminación y de exclusión a poblaciones que clasificaba como parte de la raza blanca? 

De igual manera, si el confinamiento de la etnia nipona era un caso en que una nación ‘blanca’ individualizó a una comunidad asiática sobre bases raciales, ¿por qué EEUU no accionó contra otros grupos étnicos a los que consideraba parte de la raza asiática, incluyendo a chinos y coreanos? Si la ‘blanca’ Estados Unidos era hostil con las poblaciones no blancas, ¿por qué, apenas unos años más tarde, el gobierno aceptó a las personas niponas confinadas como estadounidenses auténticos y ejemplares? A la inversa, ¿por qué la blanca población germana fue considerada como irrevocablemente foránea, siendo posteriormente deportada por una nación blanca? Más provocativamente, si el programa de confinamiento fue diseñado para perseguir razas, ¿por qué no se arrestó a decenas de miles de personas niponas y otras miles fueron puestas en libertad poco después de su interrogatorio? A pesar de la impresionante colaboración entre quienes estudian la historia del confinamiento, no se ha dado respuesta aún a las interrogantes antes planteadas.

Según medios eruditos, el factor racial desempeñó un papel mucho más axial en el confinamiento de gente nipona que en el caso de la germana o itálica. Por ser una comunidad ‘no blanca’ en una nación ‘blanca’, la gente nipona era racialmente el ‘Otro’, pasible de discriminación, segregación y de ser tomado como chivo expiatorio. La mayoría de las publicaciones discuten el confinamiento con el telón de fondo de chovinismo blanco contra inmigrantes de Asia a quienes los estadounidenses consideraban inferiores e incorregiblemente foráneos. Tras haber arribado al país la mayoría de inmigrantes de Asia después del siglo 19, el gobierno de Estados Unidos consideraba a esa colectividad como huéspedes laborales más bien que estadounidenses. 

En otras palabras, la gente de Asia era vista como una comunidad aislada, temporal y foránea, sin lealtad verificable hacia Estados Unidos. El público estadounidense asociaba a las personas asiáticas con el despotismo, la obsecuencia, la mentalidad de clan, las suspicacias, el culto al emperador y el exotismo, todo muy propio de Oriente. John Dower ha reconocido que la población estadounidense consideraba que las personas niponas estaban irremediablemente atrapadas en una “jaula ideológica” de lealtad feudal a su patria y al emperador, en vez de alguna lealtad a los Estados Unidos (Dower, 20-21). Debido a que la sociedad estadounidense no podía separar a la inmigración asiática de estereotipos del Oriente, muchas personas de esta sociedad no consideraban a la población asiática idónea para asimilarse a la democracia, al cristianismo y al liberalismo que define la identidad nacional estadounidense (Dickerson, 67).

De acuerdo a las principales investigaciones, estas ‘actitudes anti-niponas históricas’ continuaron casi sin interrupción hasta que se inició el programa de confinamiento (Riley, 20). Abundan las publicaciones que recalcan los permanentes temores de funcionarios gubernamentales respecto del inminente “peligro amarillo” que contaminaría la integridad y seguridad de EEUU. El decreto de Exclusión China de 1882, las cuotas de inmigración y las leyes anti matrimonios mixtos reflejaban la percepción de que la inmigración asiática era gente intrusa que exponía a los EEUU a la injerencia asiática desde adentro (Toye, 40). Aun cuando obtuvieran la ciudadanía, la mayoría de personas asiáticas seguían siendo percibidas como de nacionalidad foránea, no auténticamente estadounidenses. 

El bombardeo japonés de Pearl Harbor y los ataques de torpedo contra ciudades costeñas fueron considerados estereotipos de la deslealtad asiática. La comunidad nipona, nunca totalmente estadounidense, era sospechada ahora de ser una amenaza directa. Su confinamiento parecía ser el siguiente paso inevitable como resguardo de la seguridad nacional. Para buena parte de la comunidad historiográfica, el legado racista de EEUU permite explicar por qué el gobierno de Estados Unidos le aplicó un trato tan desproporcionado en comparación con la población extranjera europea. 

En vez de arrestar a las personas niponas individualmente (como en el caso de la etnia germana o itálica), la comunidad japonesa en su conjunto era considerada demasiado peligrosa como para que estuviera en libertad. Por haber nacido con esa filiación étnica, la persona japonesa era de nacionalidad enemiga y tenía simpatías por el emperador y el ejército nipón que ahora amenazaba la supervivencia de los Estados Unidos. Con todo, esta línea de argumentación, aun cuando puede explicar por qué el gobierno de EEUU sospechaba de todas las personas japonesas residentes, no explica plenamente por qué el gobierno decidió confinar a casi la totalidad de esa población. Lo que es más importante, el énfasis que pone la comunidad historiográfica en el racismo estadounidense se contradice con el hecho de que la mayoría de personas japonesas fue puesta en libertad para integrarse a la sociedad después de 1945, como si fueran ciudadanos estadounidenses ejemplares, mientras que las personas ‘germanas’ fueron deportadas por ser ‘inamericanizables’.

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