viernes, 12 de agosto de 2016

CONFINAMIENTO DE ALEMANES......PARTE 2

La mayoría de personas eruditas en la materia considera, por sobre cualquier otro enfoque, que el programa de confinamiento fue provocado por la necesidad de prevenir la subversión en tiempos de guerra total. La mayoría de estadounidenses temía que la principal amenaza era interna (Fox 1990, 2). Aunque se admita en el ambiente de estudios históricos la importancia del factor raza en la erradicación de poblaciones supuestamente peligrosas, se reconoce que el confinamiento fue ante todo una medida de seguridad. Las ansiedades provocadas por la guerra forzaron al gobierno de EEUU a categorizar, individualizar, vigilar y someter a grupos humanos que pudieran ser un peligro para la integridad nacional. 

La mayor parte de publicaciones comienzan analizando el rápido aumento de vigilancia de la vida cotidiana de la población estadounidense por parte del gobierno después de 1936, bajo la férula de J. Edgar Hoover. Al quedar en evidencia que EEUU iba a implicarse en la guerra total contra el Eje, los informes de espionaje empezaron a categorizar a las personas sospechosas según su ascendencia étnica o nacional. Las colectividades germana, japonesa e italiana –trátese de personas ciudadanas como también extranjeras—fueron redefinidas como ‘nacionalidades enemigas’. La mayor parte de los escritos describe una fuerte atmósfera de miedo y suspicacia entre la población estadounidense y su gobierno sobre el surgimiento de ‘quintas columnas’ en Estados Unidos. 

El gobierno temía que personas germanas, japonesas e italianas pudieran socavar el esfuerzo bélico o dejar de prestar servicio, de alguna otra manera, a la campaña militar de EEUU en tiempos de crisis. En vista de que la etnia italiana dominaba la industria costeña de la pesca y el transporte marítimo, y simpatizaba en general con Benito Mussolini, Washington temía que extranjeros italianos pudieran proporcionar información estratégica de espionaje a agentes foráneos en los puertos estadounidenses. De parecida manera, el gobierno de EEUU se encontraba en situación extremadamente vulnerable a causa de que la mayoría de la población japonesa vivía en la costa del Pacífico y en Hawai, donde se lanzó el conato de invasión japonesa. 

Como señalan diversas publicaciones, había muchos extranjeros alemanes muy activos en organizaciones pro-nazis, como por ejemplo el ‘German American Bund’ (Liga Germano-Estadounidense), Teutonia y la Silver Legion (Legión de Plata), que recibían fondos directamente del Tercer Reich. Estos factores hicieron que las contingencias de seguridad fueran un ingrediente de supervivencia. En medios académicos, la mayoría destaca el hecho de que el gobierno estaba especialmente preocupado en cuanto a extranjeros ilegales procedentes de países del Eje porque no era posible determinar su lealtad a EEUU. 

Sobre todo, se puso la mira para su confinamiento en ciertas personas debido a lealtades nacionales ambiguas, más bien que por la simple razón de su ascendencia étnica. A los ojos del presidente Roosevelt y las agencias de vigilancia, la urgencia de la guerra total imponía la necesidad de que se suspendieran tradicionales prerrogativas legales de protección, como el debido proceso y el derecho a la defensa. A fin de separar debidamente a estadounidenses leales de nacionalidades enemigas, el gobierno tenía que encontrar nuevas estrategias para proteger la seguridad nacional.

A medida que nubes borrascosas amenazaban a Europa y Asia, el FBI, la OSA y el INS determinaron que era posible reubicar los ‘riesgos de seguridad’ en lugares remotos y en un medio controlado, donde pudieran ser vigilados con sumo cuidado, previniendo así la ejecución de actos de sabotaje. Muchos campamentos fueron construidos ex profeso en lugares aislados, como por ejemplo en Fuerte Missoula, Montana, para población italiana, y en Manzanar, en la periferia de Death Valley, para población japonesa. 

La mayoría de gente experta en historia reconoce que el confinamiento se aplicó como medida de seguridad temporal, más bien que como un modo de confinar sistemáticamente a grupos étnicos al estilo de los campos de concentración nazis o los GULAG soviéticos. Stephen Fox es uno entre muchos historiadores que distingue entre campos de confinamiento y centros de reubicación. Como medida de precaución, personas germanas e italianas sospechosas de subversión debían ser internadas temporalmente en campos de confinamiento, lugares donde no estarían en condiciones de colaborar con agentes extranjeros, hasta que EEUU estuviera a salvo al fin de la guerra.

En contraste, las personas niponas fueron recluidas en lo que el gobierno denominó ‘centros de reubicación’. Estos campamentos se establecieron para ubicar temporalmente a nacionalidades enemigas lejos de la vulnerable zona costeña, en el remoto interior, donde se pudiera regular sus actividades y fuera posible verificar su lealtad. En esencia, los campos de reubicación eran centros de depuración donde funcionarios de investigación e inmigración determinaban quién tenía credenciales para formar parte de la sociedad estadounidense en medio de nacionalidades enemigas. A diferencia de personas confinadas de ascendencia germana o italiana, a quienes por lo general se descartaba de la posibilidad de ser ‘americanizadas’, a las niponas se les exigía renunciar a su lealtad a Japón. 

Takashi Fujitani y Howard John consideran los centros de reubicación como una forma de rehabilitación para ‘nutrir’ a la población sospechosa en su crecimiento para ser auténticamente estadounidenses. Mediante el llenado de cuestionarios, tomando pruebas de ciudadanía y estudiando historia estadounidense, las personas niponas confinadas eran expuestas a las libertades e individualismo que definen la identidad estadounidense (John, Fujitani, 82 y 127). Karen Riley describió los campamentos como experimentales ‘comunidades planificadas’, donde la población interna podía aprender valores sociales estadounidenses. Después de una exhaustiva reeducación, bajo guardia armada, la mayoría de las personas niponas eran capaces de demostrar su ‘americanidad’ y reintegrarse a la sociedad estadounidense para 1945. 

Muchas fueron puestas en libertad muy pronto. De manera semejante, la población ítala confinada fue puesta en libertad en 1942, después de que el gobierno constató que no era una quinta columna anti-yanqui. Al final, el programa de reclusión temporal se libró de personas ítalas y japonesas por medio de la deportación y se aseguró la ‘americanidad’ del resto de gente confinada por medio de la reeducación. Se eliminaron así las amenazas a la seguridad nacional, mientras que nacionalidades potencialmente peligrosas eran rehabilitadas para constituirse en ciudadanía estadounidense leal. Por cuanto el gobierno de EEUU no consideraba a las personas confinadas de ascendencia germana aptas para ser ‘americanizadas’, se procedió a deportar a la casi totalidad.

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