sábado, 23 de julio de 2016

EN SANGRE PROPIA

ESTA CRÓNICA HA SIDO PRESENTADA POR HANS-PETER FIRBAS PARA EL CONCURSO EXCELENCIA PERIODÍSTICA DE LA SOCIEDAD INTERAMERICANA DE PRENSA. SEGURAMENTE NO VAMOS A GANAR, PERO POR LO MENOS DIFUNDIREMOS LA VERDAD.


LA HISTORIA DE LA FAMILIA FIRBAS Y DE LOS ALEMANES ASESINADOS EN CHECOSLOVAQUIA



 Difícilmente la historia de una nación derrotada en las dos guerras mundiales va a ser tratada por los medios de comunicación con objetividad, justicia e imparcialidad, más aún si aquellos son manejados por sus dueños vinculados estrechamente política y económicamente con los gobiernos triunfadores. Tras largos años de investigaciones y de ser parte de una familia, que radicó en territorio checo desde el año 1500, buscaré, de alguna forma, que se conozca la verdad de millones de mis compatriotas que sufrieron la barbarie y el odio en tiempos de paz.

Antes de expresar mis sentimientos con una profunda pena y tristeza por el odio y la venganza desencadenados contra millones de alemanes luego de firmada la capitulación y el acta de rendición incondicional por parte de Alemania a las 2 de la madrugada 41 minutos del 7 de mayo de 1945 en Reims, Francia, viajaré más de 440 años en el pasado. La batalla no cesó contra los vencidos y a pesar del final de la guerra, los aliados no se detuvieron en continuar sus hostilidades, muchas de ellas consideradas como genocidios o crímenes contra la humanidad.

Fotos © DPA





Me remonto al nacimiento de mi ancestro más antiguo que logré ubicar. Simon Firbas Ritter von Husinec. En español ‘El Caballero de Husinec’. Oriundo de dicho pueblo de Bohemia del Sur, perteneciente a territorio checo ya se había ganado el derecho de ser noble por sus contribuciones de diversa índole en la zona. Simultáneamente, la otra rama de mi familia radicaba en Budejovice. George Daublebsky von Sterneck también pertenecía a la alta alcurnia en Checoslovaquia.

Su hijo Kaspar fue premiado por el Emperador Fernando II por su defensa y entrega de sus riquezas para armar un ejército y defender la ciudad. Por tal motivo se ganó en 1620 el Escudo de Armas entregado por el propio emperador. Con el transcurrir de los años los Firbas se establecieron en Strakonice, luego de pasar por Sestajovice y Jsesenitz, todas ubicadas en territorio checo.



A partir del siglo XVIII parte de la familia se movió a la localidad de Krumlov. El primer inquilino del castillo Český Krumlov se convirtió en una farmacia en 1822 a cargo de Ferdinand Firbas, farmacéutico urbano. En 1848 Karel Firbas continúo su legado hasta 1878.  Antes, el 27 de mayo de 1800, nació en Budweis, Jacob Daublebsky von Sterneck. Curiosamente su ciudad de natalicio anda en procesos judiciales contra una cerveza que tomó su nombre.





Él falleció en Praga el 9 de diciembre de 1878. Tuvo nueve hijos, entre ellos Karl, famoso notario (17 de junio de 1830 - 3 de julio de 1906), quien nació, estudió y trabajó toda su vida en Praga. Karl dejó nueve hijos, entre ellos Karl, famoso notario (17 de junio de 1830 - 3 de julio de 1906), quien al igual que su padre radicó siempre en Praga.

Fotos © Archivo Cementerio Oslany Praga




Entre sus hijos estaba Ida, quien contrajo nupcias con mi bisabuelo Karl Firbas, momento en el cual las dos familias se unen. Él era un alto funcionario del más importante banco de Praga. Se casaron el 14 de septiembre de 1887 en Praga. Karl Firbas nació en 1851 y falleció en 1942 también en Praga. Tuvieron tres hijos, entre ellos Karl Heinrich mi abuelo, también nacido en Praga en 1892.



Foto © Karl Heinrich Abuelo Archivo Familiar



Luego vino mi padre Johann Heinrich, si bien de Viena, estuvo en Praga con toda la familia en los años de guerra junto a su mamá y sus tres hermanas. Nacido en 1933 radicó en las propiedades de su abuela Ida hasta 1945, cuando fueron deportados y despojados de todos sus bienes sin razón alguna.

Foto © Johann Heinrich Padre Archivo Familiar



La Ruta de las Ratas fue una frase despreciable impuesta por los medios de comunicación para definir el escape de los alemanes a países sudamericanos, sobre todo a Argentina. Claro que habían algunos nazis, pero la gran mayoría eran alemanes pueblerinos en busca de un futuro mejor, entre ellos mi abuelo, mi abuela, mi padre y mis tres tías. Mi padre, el hijo mayor, tenía 16 años y sus tres hermanas eran sólo niñas. Mi abuela italiana y mi abuelo uno de los más grandes científicos que vio nacer Praga no eran ratas.

Casi al final del mes de mayo de 1945, Heinrich Firbas, su esposa y sus hijos Johann (mi padre), Edith, Heidi y Sissy fueron dejados en la frontera austriaca. Sin nada más de lo que llevaban puesto, comenzaron su caminata hacia la capital Viena, donde mi abuelo, con cuatro hijos menores de doce años, buscó la forma cómo mantener dignamente a su familia.

Foto © Tías Archivo Familiar



Cuando se produjo la ocupación de los Sudetes por tropas del Ejército Rojo el nuevo Presidente Edvard Benes proclamó: “Los alemanes y los húngaros no son seguros”. Aquello ya condenaría millares de vidas inocentes. Los primeros incidentes hacia alemanes fueron agresiones y palizas. Pero el Estado no tardó en empeorar las cosas, pues se obligó a los alemanes a llevar distintivo por la calle, a impedirles salir de sus casas en determinadas horas, a la prohibición de andar por las aceras y supresión de servicios religiosos o médicos.

Hansi Rudel señala © que Giles MacDonogh es una reconocida autoridad en dos materias tan distintas entre sí, como pueden ser el mundo del vino y la historia de Alemania. Con su nueva obra ha convulsionado no sólo la historiografía de la posguerra inmediata de la Segunda Guerra Mundial, sino la visión que se tenía hasta ahora sobre el padecimiento de la población civil alemana en aquellos años. Es lo que el historiador inglés describe con precisión exhaustiva en Después del Reich. Crimen y castigo en la posguerra alemana (Galaxia Gutenberg), un voluminoso ensayo que hace especial referencia a asuntos vidriosos y apenas pormenorizados hasta ahora como son las masivas muertes y los elevados índices de violaciones.

MacDonogh (Londres, 1955; nieto de un judío austriaco, cuya familia padeció directamente la experiencia de los campos de exterminio) argumenta que los meses inmediatamente posteriores a la victoria aliada en mayo de 1945 no trajeron la paz al derrotado esqueleto social del Reich hitleriano, sino que sus habitantes sufrieron mayores padecimientos que los implicados por la propia guerra. En la zona rusa de Austria “la violación fue una práctica diaria hasta 1947”, y las cifras más conservadoras calculan en 20.000 las mujeres violadas en Berlín; oficiales británicos recordaban los lagos de la próspera zona occidental repletos de cadáveres de mujeres que se habían suicidado tras ser forzadas, “algunas en 50 ocasiones”; sus edades variaban entre los 12 y los 75 años de edad.

Con todo, ha despertado polémica en círculos políticos e historiográficos de Estados Unidos y Francia el distinto rasero con que, según las voces críticas, Mac- Donogh valora la distinta conducta de los soldados aliados occidentales. Ante la práctica inexistencia de violaciones protagonizadas por las tropas de ocupación británicas, el autor incide en que las violaciones fueron relativamente comunes en las áreas controladas por los estadounidenses, y “algunos soldados fueron ejecutados por ello”. Acabada la contienda, la rampante prostitución fue una moneda común entre la hambrienta población femenina de la aquella zona aliada.

Según él se cuentan en unos 94.000 Besatzungskinder o “niños de la ocupación” los nacidos de estas relaciones. “Entre 1945 y 1946 muchas niñas se vieron empujadas a la prostitución por una cuestión de supervivencia. Los niños también ofrecieron sus servicios a la tropas aliadas”. Era una opinión común entre las autoridades de las zonas de ocupación norteamericana que la violación fue un fenómeno que fue desapareciendo gracias al sexo a cambio de una tableta de chocolate o una pastilla de jabón.

La actitud, en fin, de los ocupantes franceses es escrutada con similar severidad desapasionada, extrayéndose conclusiones bastante menos favorables. Así, habla del comportamiento de aquéllos en Stuttgart, donde “quizás 3,000 mujeres y ocho hombres fueron violados”. Otras 500 mujeres fueron violadas en Vaihingen, añade.

En este relato minucioso y valiente –es el primer especialista que disecciona los padecimientos de una población a manos de las potencias aliadas y mayoritariamente democráticas–, Mac- Donogh calcula en tres millones los alemanes que fallecieron tras el cese oficial de las hostilidades. Un millón de soldados germanos murieron antes de que pudieran regresar a sus casas. La mayoría de ellos lo hicieron como prisioneros de los soviéticos (dato indicativo: de los 90.000 prisioneros alemanes en Stalingrado, sólo 5.000 regresaron a casa), pero también hubo decenas de miles de fallecidos como prisioneros de los anglo- americanos. Muchos de ellos encerrados en multitud de verdaderas jaulas diseminadas a lo largo del Rin, sin techo y apenas alimentados. Otros alojados en los mismos campos regentados hasta hacía poco por las SS nazis. Otros fueron más afortunados, y se convirtieron en mano de obra esclava en algunos países aliados, algunos durante años. El investigador británico da fe de la existencia todavía en 1979 de algunos alemanes que se encontraban en esa situación en la Unión Soviética.

Los dos millones de civiles germanos que fallecieron fueron sobre todo ancianos, niños y mujeres, a consecuencia de hambre, frío, enfermedades, suicidios, asesinatos colectivos o las citadas violaciones.

El otro de los puntos más delicados que trata el ensayo es la descripción pormenorizada de la matanza de un cuarto de millón de alemanes de los Sudetes a manos de sus vengativos compatriotas checos. Los supervivientes de esta limpieza étnica fueron desplazados a territorios del antiguo Tercer Reich, sin poder regresar jamás a sus hogares. Semejantes desplazamientos y masacres se desarrollaron en otras zonas como Polonia, Silesia o Prusia Oriental.




Lamentablemente el documental Matar en Checoslovaquia de David Vondracek (1) ha sido visto por algo más de 4,000 personas en todo el mundo. La cinta está en idioma alemán. Si comparamos este film con otros relacionados a la Segunda Guerra Mundial veremos algunos realizados por Estados Unidos que tienen millones de visitas. Sin embargo, les contaré en español de lo que se trata.

Lo cuenta Jan Puhl en la revista Der Spiegel 22/2010. Las secuencias han permanecido durante décadas olvidadas en una caja redonda de aluminio: las tomas originales apenas duran siete minutos, rodadas en blanco y negro con cámara de 8 milímetros el 10 de mayo de 1945 en el barrio Borislavka de Praga, en aquellos días convulsos tras la capitulación de los alemanes.

El aficionado, que rodó, se llamaba Jiri Chmelnicek, vivía en el barrio, era praguense e ingeniero de construcción y quiso documentar la liberación de la ciudad. Chmelnicek filmó tanques avanzando por las calles y a soldados y a gente huyendo. Y también a columnas de alemanes en la calle Kladenska, a quienes soldados del Ejército Rojo y milicianos checos habían sacado de sus casas.

La película muestra asimismo a los alemanes siendo congregados a continuación en los alrededores de un cine próximo, el “Borislavka”. Luego la cámara apunta al borde de la calle. De espaldas al objetivo se alzan más de 40 hombres y al menos una mujer; al fondo se divisa un prado. Se oyen tiros y los hombres van desplomándose en fila, uno tras otro, caen hacia delante sobre un pequeño terraplén. Ya en el suelo los heridos suplican piedad. Es cuando se acerca un camión del Ejército Rojo y machaca con sus ruedas a heridos y muertos. Luego se ve a alemanes cavando en la campa del fondo una fosa común.

Las imágenes tambaleantes muestran algo que ya testigos oculares e historiadores venían narrando: Las matanzas selectivas de civiles alemanes. Sin embargo estas imágenes de ayer han dejado huella en los checos de hoy. “Hasta ahora no se conocían filmaciones sobre estas ejecuciones”, dice el documentalista checo David Vondracek, encargado de presentar su trabajo en televisión. “Cuando lo vi por primera vez fue como una transmisión en directo del pasado”. Hasta hoy sólo se conocían unas tomas de un equipo de las Fuerzas Armadas de U.S., que muestran en Pilsen a alemanes heridos en el suelo a inicios de mayo de 1945, también aparece algún muerto, pero no ejecuciones y liquidaciones como aquí.

La documentación de Vondracek sobre los crímenes checos (Título: Matanzas a lo Checo), que se emitieron por la televisión pública en el mejor horario precisamente dos días antes del 8 de mayo, es por ahora el punto álgido de un proceso de elaboración, que los checos vienen llevando a cabo. Algo que también vienen anotando y señalando las federaciones de sudetes alemanes.

Horst Seehofer quiere ser el primero tras la Segunda Guerra Mundial, que como primer ministro bávaro visite oficialmente Praga en los próximos meses. “Se han descubierto cosas importantes para los sudetes alemanes”, dijo Seehofer.

Se calculan en unos tres millones los alemanes, que fueron expulsados del país de los sudetes y de los demás territorios de Checoslovaquia por los checos y el Ejército Rojo tras la derrota de Alemania. Unos 30.000 civiles fueron víctimas de la venganza. Y muy pocos de entre ellos eran nazis; la mayoría gentes, alemanes, que durante décadas llevaban viviendo puerta con puerta con checos hasta la anexión de Bohemia y Moravia por Hitler en 1938.

No se sabe quién eligió y seleccionó en aquellos días precisamente a los alemanes en Borislavka y de qué se les acusó. Probablemente fueron asesinados por soldados del Ejército Rojo, quizá también por guardias revolucionarios de las milicias checas. Entre quienes dispararon pudieran encontrarse también colaboradores checos, que antes habían trabajado codo con codo con el ejército alemán y ahora, tras la capitulación alemana, se veían un tanto obligados a mostrar su lado más bestia e inhumano para así lavar su mancha y congratularse ante los demás, como por desgracia ocurre con cierta frecuencia.

En cualquier caso, vieja y sangrante lección de bestialidad humana, que se repite guerra tras guerra también en nuestros días.

Helena Dvorackova, hija del cineasta aficionado Jiri Chmelnicek, fue una de las primeras en visionar las imágenes de las ejecuciones. No está segura de los años que tenía cuando proyectó su padre la película en casa. “Tampoco recuerdo si comentó algo, si bien hay poco que comentar”.

Su padre mantuvo el rollo escondido durante muchos años en casa; incluso les visitó ciertos días la policía comunista, por lo visto alguien se dio cuenta de que aquel día se filmaba. Preguntaron por la película, le amenazaron e intentaron sonsacarle con promesas. Pero él se mantuvo en silencio sin entrar al trapo. Quiso que el mundo se diera cuenta algún día de la bestialidad que se cometió aquel día de mayo contra aquella gente indefensa en Borislavka.

Hace ya diez años -bastante después de la muerte de su padre- que Helena Dvorackova ofreció el documento a un conocido historiador checo de televisión. Pero lo mantuvo oculto. Se dice que dijo: “La gente me apedreará si lo muestro”. Lo depositó en el archivo de la televisión estatal, que es donde lo encontró el documentalista Vondracek, después de que hubiera tenido noticia de ello por un cámara, conocido de la familia del cineasta aficionado.

Hoy día Borislavka es uno de los barrios de Praga más distinguidos. La pradera, en la que ocurrieron los asesinatos, está poblada de hierba alta, pero Vondracek quiere descubrir hoy la fosa común de los alemanes de ayer. “Debe encontrarse en algún rincón", dice.

1 (C) Mikel Arizareta




A continuación las propiedades alemanas como granjas y espacios agrícolas fueron confiscados. Protestar por estos atropellos era considerado falta leve y se penaba al ciudadano alemán con diez latigazos, mientras que si era grave se le fusilaba directamente. Mi familia simplemente perdió todo. Algunos de ellos murieron, pero muchos de los vecinos de los Firbas declararon ante las autoridades que ellos no eran nazis y por el contrario eran checos de corazón. Eran mis abuelos y sus cuatro hijos.

La capital Praga, en la que vivían 500.000 alemanes fue un infierno para ellos. En primer lugar, después de llegar los rusos, se escogió a varios soldados alemanes que fueron atados a farolas y quemados vivos. Estamos hablando de sucesos que ocurrieron luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, con la rendición de Alemania el 8 de mayo de 1945. Ya no había guerra. Ya se había firmado la paz.

Pero algo sorprendente ocurrió con la llegada del Presidente Edvard Benes, pues para recibirlo se organizó una ceremonia pública en la Plaza de Wenceslao donde muchos alemanes fueron colgados de pies bajo paneles publicitarios y rociados con gasolina. Sin embargo, el plato fuerte ocurrió el 18 de Mayo al ser ametrallados en el Estadio Municipal de Praga unos 5.000 soldados SS alemanes, aunque la guerra ya no existía.

La masacre en Saaz fue de la más sangrienta. Solamente en esa ciudad se ametralló a 3.000 vecinos civiles alemanes. En Bokowitz los ciudadanos alemanes fueron linchados públicamente por soldados y civiles checos, matando delante de sus padres a los niños de 10 años y después a los adultos, pero como muchos no morían por las palizas se les rociaba con ácido clorhídrico sobre las heridas y huesos rotos para provocarles una muerte más agónica. En Brno se llevó a que más de 250 mujeres se suicidaran.

En Iglau se hizo caminar desnudos a 350 civiles por la noche durante un trayecto de 33 kilómetros. Uno a uno fue cayendo de cansancio o por el frío, a otros se los remató a culatazos de fusil. Pero peor fue el destino del antiguo alcalde de Iglau, pues al dictaminar el tribunal que lo juzgó a muerte, su sentencia se realizó en la misma sala del juicio abriéndole el cuerpo con un bisturí, por supuesto sin anestesia, mientras lanzaba alaridos de dolor que le provocaron las roturas de las cuerdas vocales antes de fallecer. Ante estas muertes agónicas que contemplaron otros ciudadanos, cerca de 1.200 alemanes decidieron no pasar por ello y se suicidaron.

Se abrieron diversos campos de concentración para ciudadanos alemanes en toda Checoslovaquia. En el campo de Hagibor había 1.200 prisioneros, la mayoría mujeres, violadas hasta 45 veces por día. Otro campo, el de Kladnow, los guardias recubrían las espaldas de los presos de alquitrán hirviendo mientras se les golpeaba con porras.

En ese mismo lugar en Mayo de 1945 ocurrió la matanza de varios soldados alemanes heridos a los que se condujo a un llano y se les lanzó por diversión granadas de mano que explotaban y mataban con la metralla. Había más campos, como el de Moraska-Ostrava. Todo en tiempo de paz.

Las mujeres alemanas de Checoslovaquia sufrieron humillaciones públicas de todo tipo. Se las decía: “De rodillas putas alemanas” y cuando lo hacían les cortaban los cabellos con bayonetas. Si alguna se desmayaba se la echaba un cubo de agua helada encima para despertarla y seguir con la labor. Se las rompían las costillas o les cortaban trozos de pies. Las embarazadas sufrían más que nadie, pues mujeres checas y judías las apaleaban con porras hasta hacerlas abortar. A muchas cautivas en los campos se las hacía comer excrementos de los muertos infectados de disentería.

Casi tres millones de alemanes fueron expulsados a pie de los Sudetes y Chequia en general. En los Sudetes murieron 250.000 germanos y en los campos de concentración checos unos 175.000, lo que elevó la cifra a 425.000 alemanes exterminados por Checoslovaquia. Entre esos tres millones estaban mis abuelos Heinrich Firbas y su esposa Hermma Brick, mi papá Johann y sus hermanas Sissy, Heidi y Edith. Los cuatro hijos menores de 12 años.

Como anécdota, un grupo de judíos que logró escapar a Estados Unidos le rindió un homenaje a la abuela Brick, quien con valentía y coraje escondió en su propiedad en Checoslovaquia a decenas de judíos, que al final salvaron sus vidas gracias a ella. Mi padre odiaba a los nazis y siempre me lo repetía. Lo peor es la venganza contra gente inocente.

Mi abuelo escondió en sus ropas unas láminas de oro, un prendedor de corbata y un anillo, también de oro. Llegaron a Austria sin nada más, sin ropa, sin hogar, sin una vida de decenas de años que tuvieron en Checoslovaquia. Otros miembros de mi familia huyeron a Eslovaquia, Eslovenia y hasta se vieron obligados a cambiar de apellido y de documentación. A los otros nunca más los vieron.

Soy consciente que las injusticias están al orden del día. Pero cuando le toca a uno recién reacciona. Para mí esta es sólo una injusticia más y estaré siempre alerta de cualquier otra para denunciarla. Tuve la gran suerte de recibir una educación alemana, en la que antes que nada está el amor a tu país, a tu compatriota y a la justicia.

Mi abuelo, botánico, biólogo e ingeniero agrónomo de profesión hablaba perfectamente siete idiomas: alemán, inglés, checo, latín, español, húngaro y francés logró durante cuatro años algunos trabajos para poder alimentarse y pagar un pequeño departamento para vivir. Sin embargo, la situación económica en Austria era muy difícil, razón por la cual buscó nuevos horizontes.

En 1949 consiguió un puesto para trabajar de profesor y de ingeniero agrónomo en Tucumán, Argentina. Así, tomó a sus seres queridos y en largo viaje en tren llegó al puerto de Burdeos, en Bélgica, donde se embarcarían en el barco de carga de bandera francesa llamado Kerguelen. Luego de varios meses viajando en condiciones deplorables llegaron el 17 de octubre de 1949 a Buenos Aires.



Con 45 años de edad, con su pasaporte checoslovaco en la mano ingresó a argentina con su esposa Herminne con pasaporte italiano y con sus cuatro hijos con documentos austriacos. Esas casualidades ¿o no? de la vida marcaron el destino de mi padre. El Doctor Johann Firbas había llegado a América el 17 de octubre y en esa misma fecha, pero en el 2002 falleció en Lima. Coincidencia o no, creo que mi padre marcó su vida como buen hombre peruano.

Pero faltaba aún un largo trecho entre Buenos Aires y Tucumán. Al fin en la provincia argentina, los pequeños Firbas ingresaron al colegio y el abuelo a trabajar. Luego mi papá comenzó sus estudios en la Universidad de Tucumán, a donde día a día se colgaba en la parte posterior de los tranvías porque no tenía para pagar el pasaje desde la Calle San Miguel 205 -otra vez algo muy raro. Siempre vivimos en el distrito de San Miguel, en Lima-. Nunca se pudo comprar un libro y pasaba horas y horas en la biblioteca universitaria para estudiar y graduarse.

Doctor en Bioquímica de la Universidad de Tucumán obtuvo su primer trabajo gracias a su jefe, otro ciudadano alemán en el laboratorio de dicho centro de estudios. En 1958 el abuelo ordenó el retorno de todos a Europa, pero mi padre se opuso y se quedó en Tucumán. Al poco tiempo, la excelente situación financiera que se vivía en Perú lo convenció para tomar sus maletas y viajar a Lima en el 58. Cuando llegó a nuestro país las cosas comenzaron a cambiar.

Una vez en Lima encuentra un cuarto en un callejón de un solo caño en el distrito de Breña. Calle Chacas, a la espalda de Alfonso Ugarte, cerca al local del APRA. Buscando y buscando trabajo llega a una oficina del estado que requería un bioquímico para algo especial. Era tan especial el laburo que hace tres años nadie lo quería. Ningún peruano, al saber de lo que se trataba, se negaba a aceptar el puesto.

"Doctor le cuento. Estamos tratando de identificar los parásitos que tienen los niños en Iquitos, ya que la situación se ha convertido en grave para la salud infantil de la selva. El trabajo consiste en recolectar las cacas de los niños, pasarlos por un  colador para separarlos. Ver que bichos son y medicar a los pequeños. El sueldo es muy bueno."

Ni lo pensó. Tomó el trabajo y se trasladó a Iquitos. Durante meses estuvo día a día en un salón lleno de caca hasta que solucionó el asunto y miles de niños fueron curados cada día mejor gracias a haber sido uno de los científicos más renombrados del mundo. Ya les contaré detalles más adelante.

La Molinera Santa Rosa en el Callao le ofreció ser parte del equipo de investigación de nuevos proyectos y productos es en ese momento que da el gran salto con la famosa torta de cumpleaños Happy Birthday, que luego amplió su mercado con otros alimentos más en caja como Picarones, Pizzas y otros.

Con esa platita compró su casa en la Avenida de los Patriotas, donde vivo actualmente. Sin embargo; Hans Firbas III viajó a Praga y recorrió la República Checa en busca de los bienes de la familia. Todos ellos robados y por si no fuera poco asesinaron a mis ancestros. Fotos © Archivo Familiar




Hans-Peter Firbas

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