viernes, 29 de julio de 2016

DESPLAZAMIENTO DE ALEMANES DE CHECOSLOVAQUIA POR EXPULSIÓN Y LEYES DISCRIMINATORIAS (2)

Voluntarios y soldados checoslovacos llevaron a cabo la expulsión sacando a la gente de sus casas y transportándolas por tren y camiones a campos de concentración o llevándolas a marcha forzada hasta la frontera de la Alemania ocupada por los Aliados a punta de pistola. Gran número murió por inanición, enfermedad o falta de sanidad. A las personas germanas expulsadas se les exigía con frecuencia que llevaran una banda blanca alrededor de su brazo, muchas veces etiquetada con la letra 'n' ('Nemec', o alemán) para excluirlas como criminales subversivos (Naimark 2001, 117). Más de 7oo mil personas fueron desalojadas en el plan de expulsión inicial, y el resto de las más de 3 millones fueron desplazadas por expulsiones posteriores y partidas postergadas. 

La mayoría de las personas expulsadas eran dejadas inmediatamente en la frontera alemana occidental de Sajonia y Baviera, pero decenas de miles languidecieron por años en campos de concentración, como Pohorelice y Novaky, con el objeto de ser interrogadas y circuladas antes de su deportación. Por un golpe de ironía, muchas personas fueron interrogadas y recluidas en Theresienstadt, uno de los campos de tránsito más grandes usado por los nazis para el genocidio de judíos y el asesinato de miles de checos desde 1938 hasta 1945. 

Numerosos observadores extranjeros y narraciones de primera mano documentan casos en que la policía checa hacía la vista gorda mientras los guardias violaban fisica y sexualmente a las mujeres germanas en los campos de trabajo forzado. Muchos, y a menudo, apostrofaban a la mujeres germanas de 'putas nazis' y 'puercas'. Un relato describe como casi inenarrable el abuso sexual y físico perpetrado contra civiles germanas, diciendo que “a cualquier hora del día, nosotras las mujeres éramos violadas y se nos arrancaba el vestido del cuerpo”. Muchas no pudieron soportar el trabajo esclavo o las violaciones y se suicidaban (Naimark 2001, 119).

No cabe duda de que durante la expulsión se cometieron muchas atrocidades. Sin embargo, fuentes nacionalistas y prejuiciadas las exageran tremendamente, y los checos insisten en que sus acciones podrían haber sido aun peores, que eran más humanas que la ejecución en masa, o que no se comparan con el sufrimiento que los alemanes infligieron al pueblo checo. Si bien cada uno de estos argumentos tiene algo de verdad, lo cierto es que el gobierno checoslovaco, por razones étnicas, procuró directamente la destrucción completa de toda una comunidad con heterogéneas convicciones políticas, lo que motivó la movilización forzada de refugiados más grande del siglo 20. 

Investigaciones recientes de historiadores checos acerca de este tema controversial ha revelado que las expulsiones checas desalojaron gran cantidad de familias antifascistas, antinazis e incluso pro-checas. Cuando Hitller anexó a Sudetenlandia en 1938, el gobierno alemán encarceló, ejecutó o expulsó a miles de ciudadanos y políticos liberales y reaccionarios. Muchas de las familias antifascistas remanentes, incluyendo las que regresaron a sus pagos después de la caída de Hitler, también fueron expulsadas por los checoeslovacos. Un cierto número de milicianos germano-sudetenses antifascistas, tales como los Guardianes de la República [Checa], exaltaban con orgullo su pertenencia a la nación checoslovaca con el propósito ulterior de obtener autonomía. 

Si bien el gobierno reconoció a las más renombradas personalidades de la resistencia antifascista que no fueron expulsadas, al reducido número de anti-nazis de los Sudetes que no fueron expulsadas, se les concedió derechos civiles solo parciales y se les dipensó un trato de ciudadanos de segunda clase, por representar un peligro potencial. No se les permitía trabajar en entidades del gobierno o la administración pública, escribir en periódicos u organizar asociaciones. No podían valerse del servicio público de transporte, porque se los consideraba un peligro universal por su identidad étnica. Se les negó pensiones de jubilación y en muchos casos sus ahorros fueron requisados por el Estado (aktualne.cz). 

El plan era entregar solamente menos de 200.000 'certificados de anti-fascista' para casos excepcionales, pero en la mayoría de los casos muchos de los germano-sudetenses reconocidamente antifascistas fueron expulsados eventualmente junto con el resto de los 3.000.000. Se les permitió llevar consigo hasta 120 kg de sus bienes, en vez de los 50 kg (como máximo) autorizados a las otras personas expulsadas; el resto de su propiedad, producto del patrimonio familiar de siglos, se transfirió al gobierno (ibid).

Aun cuando la mayoría de los más de 3 millones de civiles de etnia germana expulsados sobrevivieron, hubo numerosos casos de muerte y flagrante violencia étnica, que posteriormente fueron muy criticadas como exceso por el gobierno checoslovaco. Aunque muchos comandantes y oficiales checoslovacos aplicaron tácticas de masacre, no hubo acción directa intencional del gobierno checoslovaco de matar a la población germana expulsada. Sin embargo, muchas estimaciones liberales, incluidas las del gobierno de Alemania Occidental, citan hasta 250.000 muertes de germano-sudetenses debido a inanición, purgas étnicas, agotamiento y marchas forzadas y enfermedades (SBD 1958). Otros especialistas incluso suben la cifra hasta 270.000 muertes (Sudetendeutsche Landsmannschaft). 

Es casi seguro que esta cifra es incorrecta. Los checos aducen un número mucho menor. Las estimaciones exorbitantes son producto de serios prejuicios, de la falta de una investigación precisa, o en muchos casos incluyen también a quienes murieron por causas naturales. Muchas personas muertas eran checas bilingües que hablaban alemán y no eran germano-sudetenses por etnia. Recientes investigaciones académicas conjuntas checo-alemanas han determinado un rango de por lo menos 15 a 30 mil muertes confirmadas de civiles de etnia germana como resultado directo de la expulsión checa: extenuación, inanición, violencia física en campos de internación, sin incluir a quienes murieron por causas naturales, como afecciones o enfermedades. 

Por lo menos 6.000 personas fueron fusiladas, ejecutadas o muertas a golpes (Overmans 1994, 2) (Glassheim 2000, 463). Esta cifra de 15 a 30 mil probablemente sea rechazada por la mayoría de eruditos alemanes y grupos de interés de personas desplazadas, mientras que sus contrapartes checas restan importancia a la plena dimensión de las atrocidades. Es muy probable que nunca se sepa a ciencia cierta el número de muertes de personas desplazadas, ya que ambas facciones están igualmente cargadas de exageraciones y prejuicios histórico-culturales.

Si bien hay en la actualidad amplio consenso en que el gobierno de Beneš castigó varias 'limpiezas' o matanzas por parte de soldados o civiles checoslovacos (aun cuando los Decretos Beneš declaraban casi no punibles las expulsiones particulares e incluso la violencia), el intenso odio interétnico producto de siglos de antipatía cultural, amén de la brutalidad de la ocupación nazi, no fue posible frenar la violencia ejercida por civiles y soldados contra la población germana. Incluso observadores soviéticos informaron al Comité Central en Moscú que los checos “no los matan, pero los atormentan como a animales. Los checos los miran como ganado” (Murashko and Noskova 1995, 235-7). Oficiales militares checoslovacos organizaron matanzas masivas de civiles germanos. 

Vojtěch Černý, Karol Ctibor Pazura, y Bedřich Pokorný ordenaron a soldados y milicianos a obligar a personas de la etnia germana a marchas forzadas de muerte, e incluso a cavar sus propias fosas comunes antes de ser fusiladas por escuadrones sin que haya habido resistencia alguna (Radio Praha #2). Germanos sudetenses de no más que 12 a 15 años a quienes se acusaba de haber escapado de campos de concentración, eran ahorcados o fusilados. Más de 750 civiles fueron ejecutados en Postoloprty, después de preparar sus propias fosas (Radio Praha #1). Muchos civiles y soldados atacaban y mataban a personas germanas al azar, en algunos casos incluso colgándolas de sus talones en árboles y rociándolos de gasolina antes de quemarlos vivos (AHI). 

Una de las atrocidades más espantosas de la expulsión fue la denominada Marcha Brno (llamada por los germanos 'la marcha Brünn de la muerte'). La numerosa minoría germana en derredor de la capital morava de Brno fue sacada de sus hogares, con solo una hora de preaviso para preparar lo que pudieran llevar consigo, antes de ser escoltada en marcha forzada de más de 50km hasta la frontera con Austria. Más de 20.000 familias de civiles fueron obligadas por soldados a marchar sin casi agua, comida o medicina. Muchas personas fueron dejadas atrás para defecar u orinar mientras caminaban porque no se les permitía abandonar la fila. Las personas que disentían eran disciplinadas a culatazos e incluso a latigazos. 

Según informes, cuerpos de personas muertas yacían a la vera del camino (BBC Jolyon). Más de 800 personas murieron de inanición, extenuación o deshidratación (Beneš 2002, 209). Otros investigadores citan 1.700 muertes en campos de prisioneros checos y en Brno (Glassheim 2000, 470). Muchos nacionalistas alemanes exageran las muertes y aducen hasta 20.000, pero esto carece de pruebas hasta el momento. Muchas personas de parte checa alegan en respuesta a la 'marcha de la muerte' que murieron mayormente personas ancianas y enfermas, y que las muertes se produjeron debido a la falta de comida que afectó de igual manera a los propios checos. 

Otra atrocidad ocurrida durante las expulsiones fue la llamada Masacre de Usti, ocurrida en agosto de 1945, ocasión en que civiles germano-sudetenses fueron obligados a colocarse un brazalete blanco y a marchar hasta el puente del río Elba. Los soldados alineaban a varias familias contra el borde y las empujaban por encima después de que todas fueran fusiladas, incluyendo –según algunas fuentes-- a un infante. Hubo otros casos de violencia anti-étnica contra civiles germano-sudetenses en todo el país. Otras fuentes de primera mano dan cuenta de personas de etnia germana desarmadas que eran fusiladas en grupos de 30 o 40 por vez para luego ser enterradas en fosas comunes, como quedó corroborado por la respetable BBC (Wheeler).

La población germano-cárpata de la región eslovaca de Checoslovaquia sufrió de igual manera, disminuyendo de 147.501 almas a solo 5.200. La expulsión de personas germanas en Eslovaquia fue comparativamente más moderada. Con todo, los eslovacos recalcaban el hecho de que más de 5.400 germano-cárpatos habían ingresado en la SS, un número inusualmente alto para una población civil pequeña, lo cual justificaba las expulsiones. Al mismo tiempo, los eslovacos tienden a desestimar el amplio apoyo eslovaco al fascismo de extrema derecha y al Tercer Reich antes de 1944. Irónicamente, Heinrich Himmler tenía la esperanza de evacuar y desplazar a toda la población germano-cárpata para evadir a los soviéticos en 1945, pero ya era muy tarde y fue Checoslovaquia la que completó la expulsión (Lumans 1982, 290). 

Al menos 40.000 personas de etnia germana en Eslovaquia fueron expulsados al Este para sumarse al trabajo forzado, y según algunas estimaciones 13.000 de estos murieron en tránsito, sin que el gobierno checo en la actualidad tenga registro del hecho por haber muerto esas personas bajo la autoridad soviética (Zentrum gegen Vertreibung). Personas eslovacas se afincaron con checas en zonas anteriormente de población germana, ahora despobladas. Hubo 60.257 que se mudaron a Bohemia. Por lo menos 40.000 húngaros fueron expulsados de Eslovaquia a Hungría, afectados por los decretos de Beneš, junto con la minoría germana, como ciudadanos de segunda clase por el estereotipo generalizado en relación con su etnia (Migration Citizenship Education). 

En algunos casos, la población germana de los Cárpatos fue víctima de soldados checoslovacos desalmados. Karol Ctibor Pazura dio orden de ejecutar a cerca de 300 prisioneros germanos desarmados que cavaron sus propias fosas, de los cuales la víctima de menor edad tenía siete meses (Carpathian German Homepage). La mayoría de los germanos de los Cárpatos que huyeron a Alemania, fueron capturados por el Ejército Rojo, o fueron expulsados junto con los germanos de los Sudetes por el gobierno checoslovaco.

Los casos de suicidios, como consecuencia del programa checoslovaco de expulsión, eran tan comunes que muchos observadores del Ejército Rojo informaban del descubrimiento diario de familias enteras, vestidas con su mejor atuendo dominguero, que se habían suicidado en grupo. El general Sirov, que colaboró con la ejecución del plan de expulsiones, escribió en su informe para el jefe de la NKVD, Laurenti Beria, que unos 5.000 civiles germanos, mayormente ancianos y niños, “con su futuro arruinado y sin esperanzas de algo mejor ... ponían fin a sus vidas mediante el suicidio, cortándose las venas de la muñeca", habiéndose encontrado así a 71 personas germanas tan solo el 8 de junio (Naimark 2001, 117). Fuentes checas informan de unos 5.558 suicidios de personas de etnia germana tan solo en 1946 (Kucera 1992, 24).

Hacia el final de la campaña de expulsiones, la comunidad germana de los Sudetes terminó destruida. Como expresó positivamente el popular nacionalista Jan Masaryk, hijo del gran presidente fundador de Checoslovaquia Tomáš Masaryk, la nación por fin “acabó con los germanos de Checoslovaquia .... No hay manera de lograr que vivamos de nuevo bajo la misma sombrilla” (Naimark 2001, 122). De las 3.149.800 personas de Checoslovaquia (28,8 por ciento, solo quedaron 159.938 (1,8 por ciento). Por lo menos 700 mil habían sido expulsadas a la fuerza en la primera fase inicial del desalojo a marcha forzada, y el resto huyó o fue expulsado posteriormente hacia 1950. 

La comunidad germana de los Cárpatos casi desapareció, bajando de 135.408 (7 por ciento) de integrantes a 5.200 (0,1 por ciento). Por simple asociación estereotípica con un dictador que infligió un flagrante sufrimiento al pueblo checo, se hizo víctima de expulsión a todo un grupo étnico, produciendo así una de las más grandes comunidades de refugiados en el siglo 20, y que incluyó a la mayor parte de las personas antifascistas. Hoy día, hay aproximadamente 39.106 personas de etnia germana y 14.672 húngaras en la independiente República Checa (0,4 por ciento), y 5.405 germanos del Cárpato en Eslovaquia (Eberhardt 2003, 150-155) (Štatistický úrad SRN). Una buena cantidad de los restantes germanos que quedaban, se fueron de la Checoslovaquia comunista a la más rica Alemania Occidental desde 1950 a 1990, por razones económicas y políticas.

Hoy día, el tema de la expulsión de húngaros y germanos de Checoslovaquia sigue constituyendo un conflicto político y cultural muy tenso en Alemania, Austria y las separadas repúblicas Checa y Eslovaca. Esta última, que expulsó una población muy inferior a los 3 millones que fueron desalojados por los checos, ha podido culpar al régimen checo o al Ejército Rojo. La República Eslovaca se ha disculpado formalmente por las expulsiones, aunque se ha negado a ofrecer cualquier restitución o compensación financiera. Hay numerosos grupos y publicaciones noticiosas representativos que han sido reconocidos por funcionarios gubernamentales y alcaldicios, como son el Comité de Apoyo de los Eslovacos Germanos Luteranos Evangélicos, la Federación de Apoyo de Católicos Germanos Cárpatos, la Asociación Germana Cárpata, y el periódico de noticias Karpatenblatt, Sin embargo, la minoría húngara alega que sufre permanentemente una discriminación intensa como parte de una tensión étnica de mil años. 

Se ha dado poco lugar a conmemorar su experiencia a causa de la expulsión eslovaca. Por lo menos oficialmente, el uso del idioma húngaro y todos los idiomas de las otras minorías están penalizados en círculos gubernamentales y políticos, punible con una multa de hasta 5.000 euros (Economist). Nacionalistas húngaros, como el poderoso Partido Jobbik de extrema derecha en Hungría, acusan airadamente al gobierno eslovaco de degradar a la odiada minoría húngara a la condición de segunda clase. Incluso el primer ministro húngaro, Viktor Orban, describió la expulsión de civiles húngaros como "un suceso vergonzoso del siglo 20, momento en que las personas húngaras se encontraron del lado del dolor y la derrota". El gobierno eslovaco insiste en que están tratando de agilizar la administración y asimilar a la población húngara. Con todo, se puede argumentar que su historia de la expulsión por los checoslovacos se rememora menos que la germana.

Existen a nivel internacional y local grupos de interés en cuanto a los desplazamientos, grupos que surgen en comunidades de la diáspora, particularmente en Alemania, Canadá y Estados Unidos. Estas organizaciones ponen activamente en el tapete la historia de las expulsiones en sus frecuentes asambleas y encuentros culturales en universidades, en el ámbito de la educación superior, clubes locales y en publicaciones noticiosas. En febrero de 2010, cientos de eruditos, sobrevivientes, investigadores, representantes de derechos humanos e incluso personalidades diplomáticas y de las Naciones Unidas se reunieron para la primera asamblea internacional de conmemoración del desalojo de poblaciones germanas en el Community College de Meramec en St. Louis, Misuri. 

Bajo el lema 'El Genocidio Olvidado', la conferencia de dos días ofreció una gran galería de arte, entrevistas de prensa, debates de mesa redonda, recuerdos de sobrevivientes, y decenas de oradores de diversos campos y motivaciones. Varios oradores y sobrevivientes, en especial Rudolf Püschel, reflexionaron sobre la expulsión de la minoría germana de Checoslovaquia y analizaron la falta de conmemoración actual (véase el discurso más adelante). El Instituto para la Investigación del Desplazamiento Forzoso de Poblaciones Germanas también estuvo representado, estando a cargo de una disertación sobre la destruida Comunidad Germana del Volga. Este acontecimiento singular llamó la atención de periódicos y foros en Polonia y Alemania, con comentarios tanto críticos como positivos.

El tema de restituciones, conmemoración y resarcimiento para poblaciones germanas expulsadas en la República Checa sigue siendo mucho ruido y poca efectividad. Muchos ciudadanos y políticos alemanes exigieron que el ingreso checo en la Unión Europea estuviera precedido por la admisión checa de su culpa por las expulsiones como una violación flagrante de los derechos humanos. Otras personas alegan que el gobierno checo debe abolir los Decretos Beneš que adjudicaban inmunidad a los ciudadanos checos que expulsaran a personas germanas y confiscaran sus propiedades sin compensación alguna. Edmund Stoiber, ministro-presidente de Baviera, ha alegado que los Decretos (todavía legalmente vigentes, aunque no se aplican para nada) son “incompatibles con la ley, el espíritu y la cultura de Europa” (Deutsche Welle). 

En Nuremberg se realizan marchas anuales de germanos sudetenses que incluso han provocado alguna crisis política internacional, en especial cuando el ministro de finanzas de Alemania condenó públicamente en 1996 al gobierno checo por ocultar evidencia de matanzas y expulsiones étnicas reminiscentes de las masacres yugoslavas de bosnios en Srebrenica. El tema es motorizado en gran parte por simpatías culturales y étnicas nacionalistas. El extinto nacionalista austriaco de extrema derecha, Jörg Haider, exigió que se repuran los Decretos Beneš como ejemplo de las atrocidades checas contra la etnia germana. Por su parte, nacionalistas checos responden con denuncias de similar fervor. Otra contumacia ha nacido entre el gobierno checo y organizaciones de derechos humanos. 

Destacados defensores de los derechos humanos, como Alfredo de Zayas y Felix Elmacora, han argumentado que, independientemente de que hayan muerto 'solo' 20.000 durante las expulsiones checas (como alegan los checos) o 250.000 (como alegan los alemanes), el propósito intencional del gobierno checoslovaco de destruir a una comunidad por razones étnicas constituye genocidio (Ryback 1996, 164). Historiadores checos han estado respaldando recientemente la penuria de la eliminada minoría germana, entre quienes se encuentra incluso el grupo de eruditos Antikomplex. Hay también grupos de interés de desplazados germano-sudetenses que reciben subsidios y respaldo en Austria, Hessen, Sajonia y Baviera, incluyendo a la Associación Germana Sudetense.

El gobierno checo ha hecho sistemáticamente caso omiso del legado de la expulsión, haciendo hincapié en el hecho de que conmemorar la experiencia de los desplazados solo sería perjudicial para las propicias relaciones diplomáticas y culturales checo-germanas de la actualidad. El canciller alemán Gerhard Schröder y el ministro del exterior Joschka Fischer han dicho que el tema de las expulsiones es el principal obstáculo en las relaciones checo-germanas (Kroeger). Los checos alegan –comprensiblemente-- que la economía checa sería diezmada si se obligara a compensar a toda la población desalojada, y también señalan que los alemanes han dado muy poco en compensación por las atrocidades nazis contra el pueblo checo. Los checos se han negado a revocar los Decretos Beneš, alegando que no se aplican de ninguna manera y que si revocara dichos decretos las cortes checas quedarían expuestas a demandas de resarcimiento que llevarían a la bancarrota. 

Solo en unos pocas casos se han reconocido peticiones de restitución, como son los excepcionales casos de Rudolph Deithaler y la familia Walderobe, que recibieron en 2008 una pequeña superficie de tierra confiscada, después de más de 40 años de controversiales litigios. En 2009, cuando la República Checa empezó a cuestionar la reformada constitución de la Unión Europa, durante la presidencia del euro-escéptico Vaclav Klaus, el gobierno checo ha expresado abiertamente su gran preocupación por el futuro de la cuestión de resarcimiento a las desalojadas comunidades germana y húngara. Klaus expresó su preocupación de que la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea podría constituirse en la posible base para un torrente de litigios contra el Estado checo por parte de familias germanas expulsadas, lo que tendría consecuencias diplomáticas y fiscales paralizantes. 

Su argumento consistía en que la carta europea debiera incluir una excepción para los Decretos Beneš checos, los cuales daban mandato legal de confiscar propiedad germana y orquestaron el desalojo de esa etnia (Zachovalova, Time). El ex presidente Vaclav Havel alegaba que la posición recalcitrante de Klaus era 'peligrosa' para las relaciones de la nación checa con la Unión Europea. Una encuesta a posteriori demostró que más del 16 por ciento de la población checa respalda la posición de Klaus en cuanto a la excepción con respecto a la población germana expulsada, con casi dos tercios de la población checa definida como 'recelosa' del reasentamiento germano y la reapertura de viejas heridas interculturales (Ibid.).

En última instancia no se puede negar que los nazis cometieron horrendas atrocidades contra el pueblo checo. Sin embargo, no fueron los colonos y obreros de los Sudetes y los Cárpatos quienes sentenciaron a decenas de miles a muerte en las prisiones de Heydrich o en los campos de concentración de Theresienstadt y Auschwitz. Aun cuando los germanos de los Sudetes mostraron un respaldo apabullante a Hitler y a la incorporación en Alemania en 1938 y finalmente coadyuvaron a la crisis política que destruyó la independencia de Checoslovaquia, los germano-sudetenses habían adoptado muchas diferentes posiciones políticas para 1945. 

Fascismo, comunismo, reconciliación pro-checa, y socialismo, toda este espectro ocupaba su espacio cuando los germano-sudetenses tuvieron que adaptarse a la inminente caída del Tercer Reich y el restablecimiento de la soberanía checoslovaca sobre la minoría germana. No obstante las eclécticas posiciones políticas y diferentes grados de culpa de los germano-sudetenses, los checoslovacos finalmente destruyeron a toda una comunidad étnica de más de 3 millones de personas –nazis, racistas, antifascistas y socialistas-- por la simple razón de su identidad étnica, expulsando a la diáspora a familias que habían sido parte integral de la región durante siglos, lo que se constituyó en la comunidad de refugiados más grande del siglo.



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